“Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”

Albert Einstein.

 

Es posible que la mayoría de nosotros ya se haya topado con esta frase una o varias veces a lo largo de su vida, pero me parece pertinente colocarla sobre la mesa para pensar sobre lo que posiblemente varios sectores de la educación que hemos recibido han hecho con nuestra manera de ver y percibirnos a nosotros mismos.

¿Quiénes somos? Grosa pregunta, e importantísima de responder, porque aquí nos enfrentamos a uno de los pilares más importantes de nuestro poder personal y los beneficios que le otorgamos a otros sobre nosotros. Si no sabemos quiénes somos, otro u otros nos pueden decir lo que somos, lo que tenemos y lo que necesitamos; llámese corporaciones a través de los medios de comunicación, entidades gubernamentales, instituciones religiosas, cultos, blogs.

Uno de los asuntos que más importa en este planteamiento, no es que alguien nos comparta una perspectiva de quienes somos, ya que una gran parte de nuestra autoestima se forja por la heteronomía, la mirada del otro nos forja y confronta. Más bien hago alusión al “¿por qué?” detrás del interés de quienes nos presentan una idea de quienes somos y cuanto tomamos de esas propuestas.

“Si no sabemos quiénes somos, otro u otros nos pueden decir lo que somos, lo que tenemos y lo que necesitamos”.

Es aquí donde es importante aprender a escucharnos a nosotros mismos, a entender los latidos de nuestro corazón, las pulsaciones de nuestra alma, las necesidades y capacidades de nuestro cuerpo, lo que nuestras emociones y sentimientos nos buscan transmitir. Para saber cuanto tomar de lo que el mundo nos presenta y cuanto obviar.

Les quiero compartir una idea, de algo fundamental que he observado de nuestra naturaleza. Vamos a tomar a ese mismo pez de la frase de Einstein, el que se siente inútil por no poder trepar a un árbol y le vamos a hacer algo peor, lo vamos a juzgar por su capacidad de nadar. Si, le vamos a decir “eyy compadre que nades está mal”, o “mira, no deberías aletear tanto porque, mmmm es vergonzoso y no es tan agradable para otros peces”. ¿Qué crees que pasaría?, literalmente es una estupidez, es completamente insensato e incongruente, pero ahora imaginemos que el pececito no sabe que nadar es fundamental para el, el no es consciente, y acepta lo que otros le dicen, si el pececito deja de ser quien es, si deja de hacer lo que es su naturaleza, se muere.

Ahora bien, eso nos sucede a nosotros, nuestra naturaleza central es atacada una y otra y otra y otra vez, por ideas sociales, penetrada por ideas religiosas, por modelos culturales, por modelos económicos, etc. Y nos dormimos (morimos) a nosotros mismos, sentimos este vacío de yo no se que, de no encontrarnos, de no entendernos cuando una situación dura, difícil o desgarradora nos confronta. Cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos, no logramos ver toda la película, sólo muchas veces, el pedacito que se refleja en el espejo del baño.

Mira, en algún momento nos vamos a dar cuenta que somos y habitamos máquinas de ultra, extrema tecnología, incomprensible para el diseñador industrial más capo del planeta. Un cuerpo que se mueve en múltiples dimensiones y niveles más allá del plano físico el cual, para la mayoría nos es más fácil de percibir.

Estos seres que somos, tienen una naturaleza, así como para el pez es nadar, para nosotros es desear.

“Cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos, no logramos ver toda la película, sólo muchas veces, el pedacito que se refleja en el espejo del baño”.

Tratemos de entender el deseo más allá del concepto preestablecido que tenemos del deseo carnal, o el deseo de cumpleaños, o el deseo de hacer realidad nuestros sueños, que aunque si bien los enmarcas, veámoslo como una fuerza, como una energía, como la fuerza de gravedad o como la presión. Si, esa presión que comprime a un cuerpo sumergiéndose en el océano, como algo que está latente en la física, en los arquetipos del universo.

El deseo es una fuerza, es un torrente que nos atraviesa, que fluye a través de nosotros y se manifiesta de diversas maneras. Es algo así como el amor, por supuesto el amor visto como una energía que fluye, más allá de lo que los globos oculares pueden ver. Hace mucho entendí que la vida es un mar de energía, y que cuando esa energía fluye a través de nosotros de manera adecuada, sin bloqueos (que serían los miedos, dolores o conceptos represivos a nuestra naturaleza instaurados en nuestra mente), sin restricciones; Ese fluir de energía nos produce algo que el cuerpo físico interpreta como una sensación y buscamos darle un nombre, verbalizarla; a eso lo llamamos AMOR. Por eso cuando esa o la energía circula entre dos personas de manera adecuada, sin bloqueos, decimos que sentimos amor por esa persona, o por la familia o por el mundo. Etc.

Pero volviendo al deseo, a esta manifestación arquetípica que también se manifiesta en nosotros ¿para que nos sirve?, que hacemos con este fluir de esta fuerza a través de nosotros. Bueno, esa fuerza, enganchada con otros elementos que hacen parte de un sistema, como la voluntad, el pensamiento, la energía básica, crean REALIDADES.

Somos una maquina creadora de realidades, constantes. Así como el aleteo del pez, todo el tiempo estamos deseando. Somos máquina de deseo andante, que van construyendo realidades al aunarse con otras partes de nuestro ser.

“Estos seres que somos, tienen una naturaleza, así como para el pez es nadar, para nosotros es desear”.

Pero el deseo es una pieza fundamental para entender lo que somos, el deseo está impreso en cada poro, en cada cadena de ADN, en cada célula de nuestro ser. Somos entidades manifestadoras de deseo, que al integrarse funciona para crear mundos y sucesos.

El deseo hace parte de nuestro diseño original, bloquearlo, ignorarlo, no aceptarlo es como decirle al pez que no nade. Sentir deseo es lo que somos, es lo que hacemos mejor. Nadie siente deseo mejor que nosotros, es hora de reconocerlo para que al igual que al aleteo del pez, le podamos dar una dirección.

 

About Daniel Andrés Mora Lugo

Fundador y Creador de Sextima, Licenciado en educación para la primera infancia en formación, Former Director Creativo de SanchoBBDO, meditador Vippasana, tallerista, viajero, former estudiante y actual profesor del Centro de Estudios CasaOcho. Sabe que la autoestima y la sexualidad van de la mano, no pueden ir separadas y en orden de construir una se necesita de la otra. Conoce su trabajo aquí en sextima.co o en su obra #ignominia aquí.