En defensa de la pornografía y otras expresiones sujetas a la represión sexual.

“Como se prohibió toda oposición legal, cosa que sólo puede ocurrir en las dictaduras más cerriles, surgió y se fortaleció la oposición ilegal, la oposición armada, que ha crecido hasta ser dueña de la mitad del país.”

William Ospina, ¿Dónde está la franja amarilla? 1996

Si las personas no encuentra vías lícitas para expresar y satisfacer sus motivaciones sensuales y sexuales, lo harán a través de vías subalternas y muchas veces ilícitas. Y eso, es justamente lo que sucede con la pornografía y otras expresiones renegadas a la aprobación y represión social de lo sexual.

Hace un par de meses, una amiga se acercó preocupada porque su hijo, entrado en la pubertad, había empezado a consumir pornografía. Le preguntamos -¿Has hablado de sexo alguna vez con él?-, -no-, -¿Ha tenido la oportunidad de bañarse desnudo con sus amig@s en una piscina de forma ordinaria?-, –no-, -¿Tiene el espacio de relacionarse con cuerpos de adultos desnudos más allá del tuyo de manera natural y sin vergüenza?-, -no-, -¿Posee espacios para explorar su sexualidad germinante de manera consensuada en la casa?-, –no-, -Bueno, ahí lo tienes, el único espacio que está a su alcance y le ofrece una pseudo-respuesta y exiguo gozo a sus necesidades sexuales, es la pornografía, a demás, el niño tácitamente ya ha asimilado que del sexo no se habla, por el contrario, se niega y es obsceno-.

Buscamos sexo, tenemos sexo, cada uno de nosotros goza de cuerpos desnudos, anhelamos el placer de ser o estar a través del cuerpo de otras persona, nos auto-estimulamos genitalmente, y aún así, poco hablamos del tema, porque está prohibido, lo silenciamos, vergüenza disfraza de intimidad.

A mis escasos once años, escarbaba debajo de las camas y en los lugares menos accesibles del armario de mis primos mayores en busca de revistas pornográficas, porque ya, a esa corta edad, mis contextos me habían enseñado que el deseo sexual, se debía ocultar, y si era así, mis primos no serian la excepción a ese encubrimiento, por lo tanto, todo lo sexual que ellos pretendieran debía estar escondido en algún lugar de su intimidad, y la deducción no fallaba, el secreto placer sexual hecho magazine siempre estaba recóndito en lo profundo del placard. Por supuesto, yo tampoco saldría bien librado de esa intimidación cultural a guardar muy privadamente las expresiones y medios de satisfacción de mi deseo sexual. Sólo, hasta años venideros y no muy lejanos, logré la re-apropiación de mi sexualidad como algo digno, valioso y transparente, fuente de mi poder-personal, pero durante los años intermedios, la búsqueda de socavones y transgresiones que pudieran suministrar lo que públicamente no me permitía solicitar, estaban a la orden del día.

Sé que mi experiencia personal no es ajena a la transversalidad supresora de nuestra cultura anti-sexual, anécdota con la cual, much@s de ustedes se pueden sentir identificad@s, y aunque esta cultura supresora está sujeta a una cronología histórica, el objetivo de este articulo de opinión, no es dilucidar los hechos que han devengado la cultura censuradora del placer y el sexo en la que nos desarrollamos, sino reiterar, que una cultura que reprime la sexualidad (o cualquier otra necesidad básica del humano) va a hacer que florezcan comportamientos y espacios marginales en orden de indemnizar el placer cohibido. A mayor represión, más lóbregos los espacios donde se deberá recurrir a saciar la necesidad que la censura restringe.

Un ejemplo de esta variable co-relacionada sucedió para la época victoriana en Inglaterra, donde el placer pasó a ser algo tan limitado (se iba a la cama con camisones para no tener que ver o enseñar el cuerpo, y el sexo sólo podía ser usado con el fin de la reproducción), que los niveles de prostitución y prostíbulos fueron en aumento, al mismo paso que la represión se amplificaba (Suazo, 2018).

Mucho se dice de la pornografía, que vacía el misterio de la sexualidad, que borra toda subjetividad de los cuerpos y los reduce a productos de consumo,, que los sujetos se vuelven autómatas y el deseo es un goce orgánico que pierde toda significación. Palabras más, palabras menos, la pornografía borra lo humano del ser humano (Marzano, 2006).

Condenar a la pornografía de aquello, es una irresponsabilidad. Es como decir que el problema del deterioro de una persona que consume drogas, es la droga en sí. Menciones como esas, son irreflexivas, satanizan las consecuencias, pero no evidencian las causas. El deterioro de una persona que consume drogas, no es la droga en sí (aunque esta reafirma el circulo degenerativo), son sus círculos familiares, sus vínculos significativos, la exclusión a la que está sometido el consumidor, la historia de violencias intra e interpersonales que lo ha conminado a la búsqueda de sustitutos, esas, son las verdaderas causa detrás del vicio. Por lo tanto, adjudicarle tales incidentes a la pornografía es un desacierto, Ya de por sí, las represiones sociales hacen eso, ya nos han vaciado del misterio de nuestra sexualidad, ya han creado una economía del sexo al expropiar a los cuerpos de su autoconocimiento y soberanía, ya nos han convertido en seres instrumentales, ya han subordinado nuestra humanidad.

La pornografía, junto con las altas tazas de prostitución (presencial o digital), y el auge del reggaetón con letras explicitas de dominancia y sometimiento, SON el reflejo de nuestro analfabetismo sexual, marcas del reproche a la educación práctica, responsable y libre de la sexualidad. Son la evidencia de la falta de naturalidad que nos ha sido confiscada; las sumisiones y juegos de poder a las que nos hemos visto sometidos, y a su vez, estos medios sustitutos de expresión carnal, se vuelven bastiones donde podemos refugiarnos y degustar un placer sexual tergiversado, porque aún, el sexo natural y lícito no puede ser público. Claramente la pornografía, la prostitución y el reggaetón con letras de dominancia sobre la mujer y superioridad del hombre, retroalimentan y re-afirman nuestros valores e imaginarios de poder, sometimiento y control. Pero, es lo que nos queda, lo que nos deja una cultura que reprime con una moral hipócrita.

Otras variables que acompañan el consumo de sustitutos con alta carga sexual, son los índices de estrés y el distanciamiento que hay entre individuos en las sociedades. Estos factores también pueden estar obligando a los habitantes a la mitigación de la ansiedad producida por el frenesí socio-económico de nuestras urbes y a los abusos psico-biológico de no poseer o estar distanciado de vínculos significativos (familia, amigos).

En la investigación realizada por Rivera, Santos, Cabrera y Docal (2016), se refleja como estilos intrafamiliares positivos están asociados con una reducción en el consumo de pornografía, contrario a los estilos intrafamiliares negativos. Un clima familiar de diálogo, comprensión y participación permite aumentar las posibilidades de un uso positivo de las TIC. Por el contrario, relaciones intergeneracionales negativas, un clima familiar violento, vengativo, solitario, y conflictivo, muchas veces llevan a buscar referencias fuera de este y aumentar el consumo de pornografía y prostitución.

El caso del reggaetón con letras explicitas de sexo agresivo o dominante, son un caso parecido al que menciona J.W. Prescott en su trabajo, El placer corporal y el origen de la violencia (1975), donde menciona que somos culturas que prefieren la violencia sexual sobre el placer sexual. Esto se ve reflejado en nuestra aceptación a las manifestaciones explícitas de sexo en películas que incluyen violaciones y agresiones (La Naranja Mecánica, Irreversible, Straw Dogs) y en nuestro rechazo a películas que son totalmente sexuales, es decir, pornográficas. Las letras del reggaetón explicitas sexuales son un reflejo, de que la búsqueda de placer sexual está presente en cada uno de nosotros, pero al no haberse podido conversar abiertamente en la mesa de la casa, dialogado coordinadamente en la escuela, intercambiado sana y equitativamente entre pares, la ebullición de la conminación debe salir por algún lado, y en general, no sale amablemente, sino por el contrario, emerge cargada de miedos, inmoralidad, violencias y juegos de poder exacerbados, las mismas narrativas a las que ha estado sujeta y le han sido enseñadas.

Mientras no desarrollemos dinámicas integradoras de nuestra sexualidad; espacios donde el afecto somatosensorio sea factible o construyamos realidades cariñosas y placenteras donde lo erótico sea un posible no como una economía del sexo, sino como un derecho de los cuerpos de forma equitativa, las ficciones deformadas prolongarán su discurso tal cual las conocemos.

Entretanto no nos reconozcamos como seres que desean y buscan placer sensual y sexual sin avergonzarnos o sentir culpa de ello; si no creamos pedagogías que ayuden a gestionar esta naturaleza primaria para lidiar con las frustraciones que de ella se desprenden al enfrentar un mundo con límites físicos. La pornografía, junto con otras expresiones furtivas, serán los lugares donde escasamente podremos recurrir a satisfacer nuestros deseos sexuales y placeres sensuales de manera mínimamente lícita.

Por lo cual, nos preguntamos, Si la pornografía u otros medios de experiencia sexual fueran aún más severamente castigados y vetados como reflejo de una prohibición más acérrima a nuestro deseo sexual, ¿Cuál sería el lugubré estadio al que nos veríamos coaccionados?, quizás, a espacios mucho más denso, violentos, violadores y morbosos. Tal vez, ese es el lugar al que muchas personas adultas deben acceder, porque sus contextos sostienen represiones crónicas y prolongadas, asfixiando lo más humano en ellos, su humanidad sexual desde la infancia.

Por lo tanto, si no logramos modificar nuestra cultura sobre el sexo, el placer y la sexualidad a una formación más honesta, cariñosa, responsable, abierta y permisiva, la pornografía, la prostitución o el reggaetón con altos índices de dominancia, serán los espacios donde much@s podrán encontrar refugio y reparación a su necesidades sexuales cohibidas, y así, la alta demanda-oferta de estos medios sustitutos continuará.

Bibliografía.

  • Marzano, M. (2006). La pornografía o el agotamiento del deseo. Ediciones Manantial.
  • Prescott, J. W. (1975). El placer corporal y el origen de la violencia. The Bulletin of the atomics Scientist pp, 10-20.
  • Rivera, R., Santos, D., Cabrera, V., & Docal, M. C. (2016). Consumo de pornografía on-line y off-line en adolescentes colombianos. Comunicar, 24(46), 37-45.
  • Suazo, M. (2018). Analfabetismo sexual “la censura del placer”. [online] El blog de MiguelSuazo. Available at: http://eticabioetica.obolog.es/analfabetismo-sexual-censura-placer-223970 [Accessed 31 Oct. 2018].

About Daniel Andrés Mora Lugo

Fundador y creador de Sextima.co. Licenciado en pedagogía, terapéuta pedagógico, former director creativo, meditador vippasana, tallerista, viajero, former estudiante y profesor del Centro de Estudios CasaOcho. Ha centrado su investigación en entender la relación que hay entre autoestima, las relaciones significativas y las narrativas no coercitivas de sexualidad con la aparición de las distintas manifestaciones de la violencia intra e interpersonal, de ese modo, poder desarrollar estrategias pedagógicas que favorezcan su reducción.